Bromek oye el metal. No es una forma de hablar. El hierro se queja, el cobre chismorrea y la aurita canta. Bromek dice que es lo peor de su oficio, porque la aurita desafina.
Una mañana forjaba una espada para Elira. La hoja estuvo lista antes del mediodía. Cualquier otro herrero habría parado. Bromek acercó la oreja al acero y frunció el ceño. «Un golpe más», dijo. «Uno más y quedará perfecta».
Kaedra, su aprendiz, puso los ojos en blanco. Había oído esa frase siete veces aquella semana. Se sentó en un barril y empezó a contar.
Al undécimo golpe, la espada empezó a tararear. Al duodécimo, tarareaba afinada. Al decimotercero, Bromek sonrió, cosa que ocurre menos que un eclipse de sol. Al decimocuarto, la hoja se partió en dos con un ruido del que el poblado todavía habla.
Bromek se quedó mirando las dos mitades un buen rato. Luego se acercó una al oído. «Hum», murmuró. «Dice que en el trece estaba perfecta».
Kaedra escribió esa frase con tiza en la pared de la forja. Sigue allí, junto a la lista de todas las espadas que Bromek ha terminado. La lista es corta. Cada espada que figura en ella es una leyenda.
En Crownforge la perfección paga más que lo «bueno» y lo «muy bueno». En el poblado dicen que es la regla de Bromek. Bromek dice que es la del metal.
Una leyenda del mundo de Crownforge. Las funciones del juego se describen con su estado en las demás páginas.
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