Al pie de las montañas había un poblado que los mapas habían olvidado. Allí se alzó una vez un reino. De él quedaban unos cimientos de piedra cubiertos de musgo, un puente sin barandilla y un pozo del que nadie bebía desde hacía años. Aún vivía allí una docena de personas. Hanka barría el umbral de su choza, aunque el viento siempre traía el polvo de vuelta.
Bromek bajó de las montañas con un saco de herramientas y muy mal genio. Decía que el metal le hablaba, y todos lo tomaron por la broma de un enano que había trabajado solo demasiado tiempo. La primera noche encendió el hogar frío de la forja en ruinas. El fuego no prendía. Bromek soltó una maldición, golpeó el viejo yunque con el martillo, y del crisol agrietado brotó un chorro de oro brillante y vivo.
No era oro corriente. Corría cuesta arriba, se ordenaba en runas y solo se apagó cuando Bromek dejó el martillo. «Recuerda», murmuró. «Recuerda la llama que lo forjó».
Esa misma noche, sobre el tejado de la casa de Hanka, se encendió un cristal azul que nadie había visto antes. Brillaba en calma, como un faro que espera el regreso de un barco.
Por la mañana llegó Elira en un caballo agotado. Traía el escudo agrietado y las palabras justas. Desde el norte venían ejércitos bajo estandartes negros. No quemaban aldeas. Hacían algo peor: todo lo que tocaban se quedaba inmóvil.
Alguien preguntó qué debían hacer. Elira miró la forja, el cristal y la plaza vacía donde antes se alzaba el ayuntamiento. «Lo que siempre se hizo aquí», dijo. «Reconstruir».
En lo hondo del valle, donde nadie caminaba, una espada azul seguía clavada en la piedra. Esperaba.
Una leyenda del mundo de Crownforge. Las funciones del juego se describen con su estado en las demás páginas.
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